Lunes, 16 Octubre 2017 23:15

Prima Cátedra de Historia en Guatemala

Escrito por

 

* 

DISCURSO QUE PRONUNCIO EL FAMOSO HISTORIADOR ALEJANDRO MARURE,

AL INAUGURAR LAS CLASES DE HISTORIA UNIVERSAL EN LA ACADEMIA DE ESTUDIOS,

EL 16 DE OCTUBRE DE 1832

 

Conciudadanos:
El Jefe Supremo del Estado se ha servido poner bajo mi dirección la Clase de Historia cuya apertura tengo hoy el honor de verificar por la primera vez.
 
Un estudio tan interesante fue enteramente desconocido entre nosotros en la época triste de nuestra abyección y esclavitud. Debía serlo. No era posible que un Gobierno, cuyo poderío y dominación se apoyaban en nuestra imbecilidad diese protección a la enseñanza de la más útil de las ciencias. Mas este período funesto ha pasado ya, y sólo nos quedan de él, recuerdos desagradables. Hemos comenzado a existir y bajo la influencia de un gobierno eminentemente liberal, el genio de la civilización va establecerse entre nosotros.
 
Yo no me cansaré de bendecir la mano bienhechora que ha puesto los grandes fundamentos en nuestra verdadera felicidad; y ofrezco mi eterna gratitud al patriota ilustrado que, arrostrando inmensos obstáculos, ha abierto a la juventud centroamericana el templo de la sabiduría. Este grandioso y memorable acontecimiento hará su nombre inmortal, y formará en la historia de nuestra regeneración una época gloriosa.
 
Yo he tenido el honor de ser asociado a tan noble empresa; mas esta gloria no me deslumbra ni me oculta mi pequeñez. Conozco demasiado mi incapacidad; veo en toda su éxtensión las grandes dificultades que deben oponerse al establecimiento de una enseñanza enteramente nueva; sé cuánto se requiere y cuántas circunstancias deben reunirse en el individuo encargado de llevar tan arduo empeño; y no tengo la presunción de creer que en mí concurran tantas prendas.
 
Muy raro sería tenerlas a los veintiséis años de edad en un país que hasta ahora, no había existido sino para las preocupaciones.
 
Sin embargo, cuanto pueda esperarse de la aplicación, del más vivo deseo de servir a mis conciudadanos, y de un estudio pocas veces interrumpido en el transcurso de catorce años; yo lo ofrezco, yo prometo también perseverancia, y ceder este puesto de que no soy merecedor, a cualquiera de tantos dignos patriotas que pueden desempeñarlo con más provecho y menos embarazos que yo. Entretanto, la dulce satisfacción de prestar un servicio público me alentará en los trabajos que voy y emprender para la enseñanza de la Historia, cuyas ventajas paso a bosquejar.
 
El estudio de la historia es sin contradicción, el más importante de todos los que pueden ocupar la atención del hombre. Ningún otro ofrece tanta materia a nuestras reflexiones, tantos objetos a la meditación, tantas observaciones sabias. La historia descubre a nuestra vista todos los acontecimientos que han precedido a nuestra existencia, y haciéndola retrogradar a las edades primitivas une, por decirlo así, en la duración del tiempo la edad presente con los siglos más distantes: una cadena cuyo primer eslabón se pierde en la inmensidad del tiempo, llega hasta nosotros para enlazar los sucesos de nuestros días con las épocas más remotas de la sociedad y remontándonos la tradición a la infancia social de los pueblos, nos hace recorrer la serie infinita de revoluciones que han influido en la suerte de la especie humana y han cambiado tantas veces la faz del Universo. La historia, como lo han dicho muchos sabios, nos hace compatriotas de todos los héroes, ciudadanos de todos los pueblos, hombres de· todos los siglos: la historia, en fin, es una escuela universal, en donde la experiencia de todas las edades nos enseña a conocer a todos nuestros semejantes, a conocernos a nosotros mismos, a penetrar los secretos más profundos de la moral, todas las combinaciones de la política. Las opiniones, las costumbres, los diversos sistemas que han contribuido al engrandecimiento y decadencia de las naciones, allí se desenvuelven con toda su energía~ y los hombres públicos que han acelerado la civilización de los pueblos y los han elevado a su perfección o que les han participado el embrutecimiento· y la barbarie, se representan allí en su verdadero carácter con sus virtudes y sus crímenes.
 
Vemos a la especie humana sepultada, al principio, en la más profunda y lastimosa ignorancia., elevarse sucesivamente desde el estado más abyecto de la sociedad hasta el más alto punto de la ilustración, y defender, formar imperios poderosos, pueblos guerreros, repúblicas sabias: vemos después aniquilarse éstas, destruirse los pueblos, confundirse unos con otros, levantarse nuevos imperios sobre las ruinas de las naciones vencidas. Las causas que han producido estos grandes acontecimientos, el encadenamiento de circunstancias extraordinarias que han influido en estos trastornos, la rivalidad, los celos, la ambición de los gobiernos que han dado impulso a todas las revoluciones, todo esto se halla consignado en las páginas de la historia. Estudiándola, pues, observando en los anales del mundo, el genio, las costumbres, la religión de cada pueblo, la diferencia de sus instituciones respectivas, los errores o la sabiduría de su legislación; conoceremos cuáles deben ser las bases de un buen gobierno, cuáles los medios de establecerlos sólidamente, y cuáles son los escollos a que están siempre expuestos. La historia de las Ciencias no es menos útil e instructiva. Ella nos presenta la escala de los conocimientos humanos; las graduaciones sucesivas por que han pasado antes de elevarse a su perfección; los descubrimientos que han servido de base a sus diferentes sistemas; los métodos que se han empleado para acelerar sus adelantos, el genio que ha dado impulso a sus progresos; y observaremos que las ciencias que deben su origen a las necesidades del hombre, han sido muchas veces detenidas en su marcha por las pasiones exaltadas.
 
El interés del trono y del sacerdocio y una política cruel, se han levantado contra la razón naciente; han procurado exterminar las verdades que combatían sus usurpaciones y sus crímenes y ahogar entonces en sangre el genio que intentaba trastornar su dominación espantosa. La superstición, este monstruo que como dice un sabio, fija su apoyo en los cielos para conmover toda la tierra: este engaño de los pueblos que ha vuelto de la moral un caos y de la verdad pura y sencilla un ser fantástico y obscuro en medio del terror y de las prohibiciones, y propaganda los abusos más humillantes, consiguió el abatimiento de los hombres y el triunfo de sus errores. Pero al fin, la razón ha recobrado sus derechos, las ciencias se han perfeccionado, las luces se han difundido, y el género humano ha comenzado a instruirse en los verdaderos principios de la sabiduría. Las revoluciones que han precedido a esta época feliz, las persecuciones que han sufrido los sabios, los esfuerzos que han sido necesarios para combatir el error y establecer la verdad, el progreso rápido de la ciencia hacia su perfección después de los admirables descubrimientos de la imprenta, de la brú- jula y de la América; todo esto forma la más bella parte de la historia moderna. Leedla, pues, jóvenes estudiosos, y penetrados de reconocimiento, bendecid la memoria de esos genios bienhechores que se han sacrificado por vuestra felicidad.
Mas si la Historia nos sirve para conocer el verdadero estado y progresos de las ciencias, en sus distintas épocas, también nos sirve para conocer el origen de todos los errores, de todas las preocupaciones que han engañado .tanto tiempo, a los hombres y han fatigado tanto al entendimiento humano. Hallaremos en los tiempos primitivos y en las nación más remotas, la semilla de todos los absurdos que transformados de mil maneras diferentes han penetrado hasta nuestro siglo a través de todas las revoluciones. Veremos en las orillas del Ganges y en las del Antiguo Egipto, la cuna de la religión y el origen de esa multitud de sistemas que se han difundido por toda la tierra y han dividido a sus habitantes en mil sectas que se combaten las unas con las otras. El estudio de esta sección de la Historia ha servido a los filósofos modernos, para manifestar a los pueblos que es un mismo el fundamento de todos los cultos, y mostrarles, como con el dedo, la fuente de todos los absurdos religiosos.
 
La Historia también debe considerarse como el más bello código de moral. Es una pintura fiel de las costumbres y de las pasiones, el más vivo retrato del corazón humano.
 
La ambición, la perfidia, la mala fe, la hipocresía, todos los vicios y las virtudes opuestas a ellos, allí se presentan como son en sí, con sus verdaderos colores, con su propio carácter. La calumnia, la impostura que se complace en marchar con el oprobio y la ignominia, la reputación de los hombres grandes; y la amistad, el favor, la adulación que procuran disfrazar los vicios de los potentados y erigir en virtudes sus propios crímenes, ya no tienen ascendientes sobre la posterioridad: la historia corre el velo, los prestigios se desvanecen, las lisonjas, desaparecen y la verdad ocupa su lugar; entonces nada puede engañarnos, los hombres, los tiempos y las naciones se presentan ante nosotros, desnudos de todo disfraz; podemos juzgarlos sin temor, sin animosidad. Ya los conquistadores no nos deslumbran con el esplendor de sus victorias, el despotismo no nos hará temblar: conoceremos en medio de sus triunfos, al malvado que labra las ruinas de sus pueblos, y entre las cadenas, en la miseria y en medio de las persecuciones, al justo, al sabio que trabaja por la prosperidad de sus semejantes: “Ante el Tribunal de la Historia, dice el Conde de Segur, los conquistadores descienden de sus carros triunfales, los tiranos no espantan con sus satélites, los príncipes se presentan sin comitiva y despojados de la falsa grandeza que les presta la lisonja. Detestaréis sin peligro la ferocidad de Nerón, las crueldades de Sila; las prostituciones de Heliogábalo, la hipocresía de Tiberio; si habéis visto a Dionisio terrible en Siracusa, le veis también humillado en Corinto>. Los pueblos heroicos, los hombres ilustres, excitarán nuestra admiración, pero no dominarán en nuestro juicio; sabremos distinguir sus talentos, y sus virtudes de sus defectos y sus errores; y procuraremos imitar las primeras, huír y evitar las segundas. La memoria de las grandes acciones hará nacer un deseo ardiente de imitarlas, y al contemplar las hazañas de los héroes, la noble emulación, el amor de la gloria, el entusiasmo de la virtud, excitarán en nuestro corazón todos los sentimientos grandes, todas las sensaciones fuertes. Pero la pintura del ocio nos llenará de horror, la tiranía, la esclavitud, la baja intriga, pondrán a nuestra vista la triste imagen de la degradación y todos los refinamientos del crimen y de la más detestable corrupción.
 
Tal es el cuadro que nos presenta la Historia, la serie de las grandes revoluciones, la serie de los grandes hombres, la serie de los Imperios y las Repúblicas, el mundo entero ofrece a nuestra contemplación una escena inmensa de mil personajes diferentes. Los grandes filósofos, los grandes políticos, los sabios de todos los siglos nos dan allí las más sublimes lecciones, los ejemplos más instructivos: allí también el genio militar nos descubre sus más profundos secretos, y nos hace ver en los grandes generales las prendas que deben caracterizar al guerrero: la prudencia que sabe emprender, la previsión que penetra los designios del enemigo, la astucia que los previene, la vigilancia y precaución contra las sorpresas, el valor que ejecuta, la habilidad que sabe preparar los desórdenes, la elocuencia que sabe animar, la actividad que se sobrepone a los más grandes obstáculos y la firmeza del alma superior a los más grandes peligros. Al leer la descripción de una batalla la imaginación inflamada nos transporta al lugar de la escena, entramos al Consejo de los Grandes Capitanes, participamos de todas sus deliberaciones, describimos todos sus planes  en una palabra, aprendemos el arte de la guerra bajo los auspicios del genio. Hasta aquí, he procurado manifestar que la lectura de la historia es igualmente útil para las armas y para las letras. Esta verdad se hará más sensible si traemos a la memoria que los hombres más grandes de .todos los tiempos, han hecho un estudio particular de esta ciencia. Los legisladores de la Grecia, estudiaron los anales de las Naciones de Oriente y consultaron a sus gimnosofistas antes de dar leyes a su Patria. Los generales más acreditados de Roma, aprendieron en los historiadores griegos el arte de vencer. La lectura de la historia, dice Plutarco, sirvió a Catón el Censor para forzar el estrecho en Termópilas, donde se había atrincherado Antíoco el Grande, como en otro tiempo Leonidas. Antes de mandar un ejército -dice Condillac-, Scipión y Lúculo, aprendieron en la lectura de Xenofonte a ser grandes Capitanes. La vida de Alejandro sirvió de modelo a Julio César y la de éste, a muchos Mariscales célebres de Europa.
 
El estudio de la historia ha servido también a muchos sabios para componer sus obras inmortales. Montesquieu, Voltaire, Condorcet y otros escritores eminentes, han ilustrado a los pueblos y destruido las preocupaciones de su siglo por medio de la historia y la filosofía. Aún podría acumular sobre esta materia innumerables ejemplos; pero después de lo que han dicho Cicerón, Bossuet, Rousseau, Mabil y tantos otros ¿qué podría yo añadir? Contento, pues, con haber presentado bajo un punto de vista lo que sobre este interesante asunto han escrito algunos sabios, voy a concluir refiriendo sus pensamientos más notables. Cicerón considera la historia como el testigo de los tiempos y el mensajero de la antigüedad y al que la ignora, como a un niño que apenas extiende sus ideas al círculo de sí mismo; Bossuet decía hablando al Delfín de Francia: “Sería vergonzoso, ya no digo para un príncipe, sino en general para .todo hombre, ignorar lo que ha sido el género humano y las mutaciones memorables que la serie del tiempo ha causado en el mundo”. El Canciller Agraseau desterrado y cultivando las letras en el retiro exclamaba muchas veces: “Feliz el que para adquirir la verdadera sabiduría tiene valor de salir de los límites del siglo, de vivir con los muertos, de penetrar en las tinieblas de la antigüedad, de beber en las fuentes de la historia, de saciarse plenamente con la lectura de los antiguos monumentos que verdaderamente pueden llamarse los Anales del Mundo y los Fastos de la Virtud: estudio tan útil como honroso nos da al mismo tiempo maestros y modelos”. Para conocer a los hombres, dice Rousseau en su inmortal Emilio, es necesario verlos obrar. En el mundo se les oye hablar, muestran sus discursos y ocultan sus acciones; mas en la historia éstas quedan al descubierto y se les juzga por los hechos. Sus palabras mismas nos ayudan a apreciarlos. Comparando lo que son con lo que dicen, se ve a la vez lo que hacen y lo que quieren, mientras más se disfrazan mejor se les conoce. Condillac, después de haber establecido en general las reglas que deben guiarnos en el estudio de la historia, concluye así su hermoso discurso sobre esta materia: “La suerte de los estados pende de principios fijos, ciertos e inmutables. Descubrid estos principios y entonces, yo os lo repito: la política ya no tendrá más secretos para vosotros. Llenos de la experiencia de todos los siglos, sabréis la ruta por donde los hombres deben caminar a la felicidad, sin ser jamás engañados por pequeñas fruslerías, astucias y sutilezas despreciables que se querrá hacer respetar; aprenderéis a no confundir los verdaderos bienes con los que sólo tienen apariencia. Distinguiréis los remedios verdaderos de los paliativos engañosos. Os pareceréis al piloto que navega sin temor y ser peligros, porque conoce todos los escollos y todos los puertos del mar que surca y observa su ruta en un cielo sereno, instruido por las señales que anuncian la calma y la tempestad”.
Ultimamente el Conde de las Casas parece que compila todas estas sentencias célebres cuando dice en último Atlas: “La historia es la más útil de las ciencias: su estudio nos ofrece la experiencia de lo pasado y nos suministra datos para presagiar lo venidero: es el libro universal en que cada uno haciendo uso de su discernimiento, puede con seguridad, encontrar la lección que le concierne; ella ilustra al militar y al comerciante aplicado; prepara al hombre de Estado, y manifiesta al filósofo los progresos interesantes y vaciados del espíritu humano; en una palabra, vigoriza el juicio y ameniza el trato de todos los individuos de la sociedad”.
He aquí una pintura imperfecta de lo que han escrito sobre esta materia plumas muy acreditadas. Yo he limitado mis reflexiones a algunos puntos generales, procurando hacer ver las infinitas ventajas y utilidades que resultan del estudio de la historia y que meditándola, se han formado los hombres más ilustres en todo género, los estadistas más sabios, los filósofos más profundos, los literatos más célebres, los más insignes guerreros: que la moral y la política fundan en ella sus más sabios principios y sobre todo, que la historia es la más importante de las ciencias así por la naturaleza de los objetos que abraza, como porque reúne a la experiencia venerable de los siglos, lecciones sublimes del genio. Jamás sabrán inculcarse suficientemente estas verdades; jamás podrán estudiarse demasiado los Anales de esas Naciones que ya no existen y que nos han precedido en las sendas de la gloria y del infortunio. Su ejemplo nos servirá de guía en el sendero difícil de la inmortalidad y sus propios desastres, nos enseñarán a evitar los precipicios en que a cada momento puede hundirse nuestra felicidad. Pero es preciso estudiar la historia con mucha crítica y reflexión, es preciso no dejarnos alucinar. Los fastos de todas las naciones están sobrecargados de milagros y de hechos portentosos con que se ha procurado hacer venerables a la posterioridad, las ficciones más extravagantes. El origen de todos los pueblos está oculto en las sombras de la fábula y la quimera. Algunos descienden por línea recta de los mismos dioses, otros han celebrado alianzas y vivido en íntimo contacto con ellos, muchos han sido gobernados por la Divinidad en todo el curso de sus revoluciones, y sus legisladores han recibido de manos del mismo Dios todas las leyes que deberán regirlos. También los dioses han toma.do parte en las guerras y disfrutado de las delicias de~ amor en el seno de las hijas de los hombres. Son innumerables las ficciones de esta especie que se hallan consignadas en los anales sagrados de todas las naciones. Pero lejos de dejarnos engañar por las apariencias misteriosas y servir de velo al artificio, procuremos descubrir los designios que oculta, penetremos en las miras y combinaciones del legislador para no tomar por santo y milagroso, lo que solamente Iba sido un recurso que han empleado los hombres hábiles para gobernar a sus semejantes y dominarlos a su arbitrio. Es preciso, igualmente, prevenirnos contra los prejuicios e interpretaciones con que algunos autores respetables han querido hacer creer lo mismo que ellos no creen o que si han creído, no han sido guiados en su creencia por sus luces, sino por respetos a la opinión establecida, o por la influencia de tal. Preocupaciones sancionadas por el tipo y tan dificultantes de desarraigar del corazón del hombre. No nos dejemos tampoco deslumbrar por las hazañas brillantes de algunos personajes que celebra la historia: distingamos la verdadera gloria de la falsa. Veneremos con el más profundo respeto las cenizas de esos hombres virtuosos que se han sacrificado por su patria, que la han ilustrado con sus talentos, la han honrado con sus virtudes y la han .defendido con su valor y su constancia, y detestemos la memoria de esos tiranos ambiciosos, desgraciadamente célebres o que, dotados de grandes cualidades, se han servido de ellas para causar grandes males y levantar los trofeos de su falsa gloria, sobre las ruinas de la humanidad destruida.
 
Guiados pues, por la antorcha de una crítica sana e ilustrada, caminemos constantemente por la línea que nos conduce al conocimiento de la verdad: no nos dejemos extraviar por las rutas tenebrosas del error: bebamos en las fuentes puras de la historia: aprendamos todo lo que es verdaderamente útil y desechemos los delirios extravagantes de una imaginación supersticiosa: imitemos las grandes virtudes y execremos las pasiones viles, los vicios abominables. Tales son los sentimientos que debe engendrar en nuestro corazón el estudio de la historia. . Ojalá haya yo acertado a presentar con algunos de sus atractivos las interesantes verdades que tanto han recomendado los filósofos más distinguidos de la culta Europa.· Ojalá que penetrados de ellas los jóvenes centroamericanos a quienes sus talentos destinan para ser algún día los legisladores de su patria, sepan, instruidos por la experiencia de las edades pa8adas, que sin hacer ensayos peligrosos sobre las generaciones presentes y considerando las ventajas de que nos dan idea los gobiernos antiguos con las verdades descubiertas por la política moderna, se pueden establecer ·leyes sabias que alejen de nosotros las desgracias que han conducido a su ruina a tantos pueblos célebres.
 

Guatemala, Octubre 16 de 1832

 

Alejandro Marure

 

Tomado de Anales de la Sociedad de Geografía e Historia T. l, No. 3, pp. 226-232, (enero de 1925).

 
 
Citado por:
Cazali Avila, Augusto. ALEJANDRO MARURE Y LA PRIMERA CÁTEDRA DE HISTORIA. PENSAMIENTO Y OBRA. Instituto de Investigaciones Históricas, Antropológicas y Arqueológicas.
Puede consultar la obra en: http://iihaa.usac.edu.gt/archivohemerografico/wp-content/uploads/2017/09/05_estudios_1972_cazali.pdf
Imagen de portada tomada de: http://musacenlinea.org/museo/wp-content/uploads/2016/02/Alejandro-Marure-237x300.jpg
Julio David Menchú

Es profesor de Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Le gusta enseñar Historia para cambiar paradigmas, y ya son 12 años dedicados a este oficio. Investigador por afición, y para no oxidarse en el tema.
 
Sus intereses radican en la enseñanza y aprendizaje de la Historia, la Espiritualidad Maya, Historia de las Mentalidades y micro-historia.